Un caso que se viralizó en televisión nacional de Estados Unidos sirvió de punto de partida para uno de los episodios más profundos de Austin LatinX. Gregory Talbert descubrió que su hijo Michael, entonces de 17 años, se besaba con otro muchacho. Su reacción inmediata fue inscribirlo en una terapia de conversión por la que pagó $6,000. El hijo la abandonó. El padre lo demandó. El programa reunió al psicólogo José Luis Portillo y a la Grief Recovery Specialist Mayra Janeth para analizar el caso desde la ciencia, la emoción y la experiencia humana.
¿Existe realmente la terapia de conversión?
El psicólogo Portillo fue directo: la conversión de la orientación sexual genética simplemente no existe. Cuando una preferencia sexual viene del ADN y de la formación biológica natural, no hay terapia que la modifique. Lo que sí puede trabajarse en terapia son orientaciones que surgieron como consecuencia de un abuso sexual o de presiones sociales extremas, que en esos casos no son expresión de la identidad profunda de la persona sino respuesta a un trauma.
“No hay manera de modificar las condiciones a menos que caigas en una represión producto de amenazas. Tus preferencias las alineas en la clandestinidad, pero seguirán dando.”
Mayra Janeth añadió que la terapia de conversión, descalificada por la comunidad médica internacional, puede incluir rezos, psicoterapia coercitiva y en casos extremos electroshocks y tortura física. Por eso, señaló, la comunidad médica la rechaza categóricamente: la homosexualidad no es una enfermedad y no requiere cura.
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El que necesita terapia es el papá
Portillo planteó algo que el panel desarrolló ampliamente: cuando un padre llega a consulta diciendo que quiere cambiar la orientación sexual de su hijo, el trabajo terapéutico real no es con el hijo sino con el padre. No para crucificarlo, sino para ayudarlo a entender que su hijo es la misma persona que siempre ha sido.
“Tu hijo no ha cambiado en nada. Es la misma persona a la que le cambiaste los pañales, la que amaste y apapachaste. Su preferencia sexual no cambia nada de eso.”
Mayra identificó el dolor del padre desde otra perspectiva: lo que realmente se rompe no es la relación con el hijo, sino los sueños que el padre había construido. Los nietos, la boda, el yerno o la nuera esperada. Esos sueños, aunque nunca existieron en la realidad, sí existieron plenamente en la mente del padre, y perderlos es un duelo real que requiere ser trabajado.
El duelo del hijo también existe
Portillo señaló algo que suele olvidarse en esta conversación: el hijo también carga un duelo. Esperaba que su padre lo protegiera y lo apoyara incondicionalmente, y en cambio encontró a alguien que no reconocía, autoritario e intransigente. Esa desilusión es tan real y tan dolorosa como la del padre.
“De ambos lados hay un dolor. Desilusión y frustración el uno por el otro.”
Guiar versus controlar
Uno de los momentos más reveladores del episodio fue cuando Portillo trazó la diferencia entre un padre que guía y uno que controla. El control es unilateral, impuesto desde el criterio propio. La guía se adapta a lo que cada hijo va presentando. Un padre que controla reacciona con amenazas y autoridad. Un padre que guía acompaña, incluso cuando lo que aparece no coincide con sus expectativas.
Mayra reforzó el punto con una historia personal: su propio padre, un hombre machista, aceptó a su hermano gay desde el primer momento con una frase que lo resumió todo.
“Yo hice bien hasta este punto. Ahora ya es decisión de ellos. Yo les di mis valores y acepto lo que sean, mientras tengan respeto.”
Cuando el vínculo ya se rompió
Para los casos donde padre e hijo ya no quieren verse, ambos profesionales coincidieron: el trabajo terapéutico siempre es individual y hacia adentro. No se trata de forzar una reconciliación sino de sanar los propios sentimientos, identificar la culpa que con frecuencia carga el hijo sin razón, y avanzar sin rencor ni deseo de venganza, independientemente de lo que el otro decida.
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